lunes, 13 de abril de 2026

Felicísismo del Mazo Hinojal, mi director de escuela

  

En los actos oficiales la gente sonreía con malicia y cuchicheaba cuando escuchaba el apellido "Mazo". Luego, al crecer, entendí que en mi pueblo la palabra era sinónimo del miembro viril masculino. Alguna vez lo vi esbozar una leve sonrisa ante las tímidas, pero pícaras, sonrisas de la gente luego que el maestro de ceremonias dijo:  "…reverendo, Padre ¡Felicísimo del Mazo!". Se había hecho al dolor luego de varios años.

 

Muchas persona (y obras) no son valoradas inmediatamente, su valor, con frecuencia, viene después. Eso me ha pasado con el "Padre Félix" (Felicísimo del Mazo Mazo Hinojal, 1925-2011) como cariñosamente le decíamos, un curita de la comunidad religiosa de los escolapios, director de la escuela donde estudié la primaria en la década de los ochenta, en Cañar, mi pueblo natal. No fue un cura de avanzada en cuanto ideas teológicas, más bien era conservador y tradicional, apegado a la ortodoxia de la Iglesia, pero humanamente fue una buena persona.

 

En 1995 (mi último año de colegio) regresó a España, su tierra natal, como a los setenta años, luego de casi dos décadas en Cañar. No sé por qué, pero algo nos llevó a despedirnos de él. Con mi amigo Ulises fuimos al antiguo convento, tocamos el timbre y salió. Se alegró de vernos. Aunque en el fondo había algo de tristeza, le salió una sonrisa como de agradecimiento. Salimos contentos luego de aquella despedida que la recuerdo con mucha alegría. Luego, me enteré que llevó sus pocas pertenencias en un par de cajas de cartón amarradas con hilo de cabuya. Abandonó Ecuador "ligero de equipaje". Ligero y pobre como fue toda su vida. Ya de adulto, por comentarios de varias personas, más mis recuerdos de niñez, entendí lo grande que fue el Padre Felicísimo. No recuerdo que buscara protagonismo, al contrario, siempre se mantuvo en segundo plano, en la sencillez como director de una escuela de pueblo. Fue de aquellas personas que dicen más con el ejemplo que con las palabras.

 

A la luz de los años y sabiendo hoy algo de investigación educativa, juzgo que fue un gran director de escuela y por eso, su impacto, aunque silencioso, debe ser importante entre tantos niños que estudiamos en la Escuela Martínez Andrade de los Padres Escolapios. Como buen escolapio sabía de educación. Por ejemplo, cuando algún profesor faltaba, él iba a clases y nos entretenía con sus manualidades. Tijeras, periódicos y goma bastaban. Ya quisiera yo que hoy los decanos o directores de carrera hicieran eso en la universidad.

 

En su despacho tenía una pequeña "librería", que no eran más que un par de estantes donde habían cuadernos, lápices, esferos, borradores, sacapuntas, lo que un niño de esa edad necesitaba y que con frecuencia perdía u olvidaba en casa. Y aquí viene una de las cosas más importantes que se me quedó en la memoria. Cuando le pagábamos (en sucres, la moneda de ese tiempo) y no tenía cambio, nos buscaba en clases para darnos el cambio, que muchas veces era insignificante. me parecía absurdo que nos devuelva centavos, pero lo hacía. También fiaba, no sé si luego le pagábamos, supongo que no.

 

Era el último en salir de la escuela, luego de cerrar todas la aulas y dejar la escuela en orden para el siguiente día. No le gustaba que perdiéramos clases. Luego supe que muchas veces limpiaba la escuela, incluso los baños. Hacía también de psicopedagogo; solía tener grupos de niños con problemas de aprendizaje a los que les daba clases extras.

 

La escuela quedaba en las afueras del pueblo, separada de la ciudad por la vía panamericana. Era común verlo parado con una paleta de “PARE” deteniendo el tráfico para que los niños pudiésemos pasar en las mañanas o tardes. Incluso se peleaba con los transportistas. No le gustaba que nos quedásemos jugando al salir de la escuela, de alguna manera nos arreaba como a ovejitas hasta cruzar la vía panamericana. Eran tiempos en que todos caminábamos a la escuela; fue un lujo que tuvimos los niños de aquellos años.

 

Hace muchos años, me enteré de su muerte en Tenerife, España. Y entre el  pesar de la triste noticia y los recuerdos que surgieron, me alegró lo que leí en una nota: que siempre andaba preocupado de apagar las luces de la escuela, arreglar la aulas y hasta regalar golosinas a los niños. Desde entonces empecé a esbozar este pequeño escrito que les comparto a los muchos años en este día del maestro en Ecuador como un tributo a mi director de escuela.

 

Más información:

Reseña de su vida AQUÍ 

Noticia de su fallecimiento AQUÍ

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Entrada destacada

Antonio Alonso Martínez, mi maestro.

Educar con el ejemplo no es una manera de educar, es la única. ¿Cómo ve la muerte ahora que está más cerca de ella? F...