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lunes, 13 de abril de 2026

Felicísismo del Mazo Hinojal, mi director de escuela

  

En los actos oficiales la gente sonreía con malicia y cuchicheaba cuando escuchaba el apellido "Mazo". Luego, al crecer, entendí que en mi pueblo la palabra era sinónimo del miembro viril masculino. Alguna vez lo vi esbozar una leve sonrisa ante las tímidas, pero pícaras, sonrisas de la gente luego que el maestro de ceremonias dijo:  "…reverendo, Padre ¡Felicísimo del Mazo!". Se había hecho al dolor luego de varios años.

 

Muchas persona -y obras- no son valoradas inmediatamente, su valor, con frecuencia, viene después. Eso me ha pasado con el "Padre Félix" como cariñosamente le decíamos, un curita de la comunidad religiosa de los escolapios, director de la escuela donde estudié la primaria en la década de los ochenta, en Cañar, mi pueblo natal. No fue un cura de avanzada en cuanto ideas teológicas, más bien era conservador y tradicional, apegado a la ortodoxia de la Iglesia, pero humanamente fue una buena persona que es lo que al final importan.

 

En 1995 regresó a España, su tierra natal, como a los setenta años, luego de casi dos décadas en Cañar. No sé por qué, pero algo nos llevó a despedirnos de él. Con mi amigo Ulises fuimos al antiguo convento, tocamos el timbre y salió. Se alegró de vernos. Al final, aunque en el fondo había algo de tristeza, le salió una sonrisa como de agradecimiento. Salimos entre tristes y contentos, tristes porque no lo veríamos más y contentos porque habíamos hecho algo humanamente bueno: despedirnos de nuestro director de escuela. Luego me enteré que llevó sus pocas pertenencias en un par de cajas de cartón amarradas con hilo de cabuya. Abandonó Ecuador "ligero de equipaje". Ligero y pobre como fue toda su vida. Ya de adulto y por comentarios de varias personas, más mis recuerdos de niñez, entendí lo grande que fue el Padre Felicísimo. No recuerdo que buscara protagonismo, al contrario, siempre se mantuvo en segundo plano, en la sencillez como director de una escuela de pueblo. Fue de aquellas personas que dicen más con el ejemplo que con las palabras.

 

A la luz de los años y sabiendo hoy algo de investigación educativa, juzgo que fue un gran director de escuela y por eso, su impacto, aunque silencioso, debe ser importante en tantos niños que estudiamos en la Escuela Martínez Andrade de los Padres Escolapios. A menudo los directores o rectores no suelen estar directamente con los estudiantes, pero la forma cómo organizan la escuela y educan a sus profesores impacta en los estudiantes. Como buen escolapio sabía de educación. Por ejemplo, cuando algún profesor faltaba, él iba a clases y nos entretenía con sus manualidades. Tijeras, periódicos y goma bastaban. Era muy hábil como buen educador de niños. Ya quisiera yo que hoy los decanos o directores de carrera hicieran eso en la universidad.

 

En su despacho tenía una pequeña "librería", que no eran más que un par de estantes donde habían cuadernos, lápices, esferos, borradores, sacapuntas, lo que un niño de esa edad necesitaba y que con frecuencia perdía u olvidaba en casa. Y aquí viene una de las cosas más importantes que se me quedó en la memoria. Cuando le pagábamos (en sucres, la moneda de ese tiempo) y no tenía cambio, nos buscaba en clases para darnos el cambio, que muchas veces era insignificante, me parecía absurdo que nos devuelva centavos, pero él lo hacía. También fiaba, no sé si luego le pagábamos, supongo que había mucha morosidad.

 

Era el último en salir de la escuela, luego de cerrar todas la aulas y dejar la escuela en orden para el siguiente día. No le gustaba que perdiéramos clases. Luego supe que muchas veces limpiaba la escuela, incluso los baños. Hacía también de psicopedagogo; solía tener grupos de niños con problemas de aprendizaje a los que les daba clases extras.

 

La escuela quedaba en las afueras del pueblo, separada de la ciudad por la vía panamericanda. Era común verlo parado con una paleta de “PARE” deteniendo el tráfico para que los niños pasásemos en las mañanas y tardes. Incluso se peleaba con los transportistas. No le gustaba que nos quedásemos jugando al salir de la escuela, de alguna manera nos arreaba como a ovejitas hasta cruzar la vía panamericana. Eran tiempos en que todos caminábamos a la escuela, un lujo que tuvimos los niños de aquellos años.

 

Hace muchos años, me enteré de su muerte en Tenerife, España. Y entre el  pesar de la triste noticia y los recuerdos que surgieron, me alegró lo que leí en una nota: que siempre andaba preocupado de apagar las luces de la escuela, arreglar la aulas y hasta regalar golosinas a los niños. Desde entonces empecé a esbozar este pequeño escrito que les comparto a los muchos años en este día del maestro en Ecuador como un tributo a mi gran director de escuela.

 

Más información:

Reseña de su vida AQUÍ 

Noticia de su fallecimiento AQUÍ

lunes, 1 de marzo de 2021

Miguel Ángel Miranda, mi profesor de pedagogía

 


Un día llegó a clases y nos dijo: “El hombre soltero es un animal incompleto, ¿y el casado?" Alguien repondio: "Un animal completo". Y él dijo:"No será mejor, ¡un completo animal!”. Y el primero en reírse fue él. Solía llevar sus chistes a clases, y todos nos reíamos, a veces no por el chiste, sino por su risa contagiosa.

En marzo de 2016 falleció Miguel Ángel Miranda Vintimilla, profesor de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educacion de la Universidad de Cuenca, y de alguna manera la noticia me dolió. Muchos recuerdos salieron de golpe, han sobrevivido estos meses y surgieron las ganas de escribir algo de él. Ciertamente, cuando la gente muere, uno tiende a mirar su lado positivo. Como estudiante sé algunos de sus defectos, pero prefiero hablar de los buenos recuerdos, que son los que más importan.

De sus materias relacionadas con la pedagogía, me han quedado ideas generales, los detalles han desaparecido. Lo que al final siempre queda es el ejemplo: lo que enseñamos algo educa, más educa los que somos. Las palabras seducen pero el ejemplo impacta.

Lo conocí en 1998 en la Facultad de Filosofía. Tenía un carro Chevrolet San Remo rojo y viejo que usó por muchos años. Sólo en los últimos años lo cambio por uno nuevo (Nótese que los estudiantes, ¡todo observamos!). Al parecer en su juventud había estudiado para salesiano. Al inició me pareció un profesor un tanto antiguo, por sus lentes gruesos, grandes y oscuros, tipo “culo de botella”, además porque vestía siempre con ternito y una chompita por dentro.

Mi primer buen recuerdo con él tiene que ver con una calificación. Cuando nos devolvió una prueba me felicitó por la nota frente a todo el curso, lo cual me sorprendió, y a continuacion en forma de chiste, frente a todo el grupo, dijo: “!pero no se sonroje!”. Todo el curso empezó a reírse. Yo no sabía qué hacer con mi timidez, pues cuando uno no quiere sonrojarse, más lo hace. En aquellos tiempos me sonrojaba con facilidad. Desde entonces mi curso me miró de otra manera, había salido del anonimato que siempre me gustaba.

Era común verle con el diario El Comercio. Nos decía que debemos aprender a leer las editoriales del periódico porque ahí se expresan puntos de vista sobre la vida política, económica y social del país. Como profesor sabía que los egresados y graduados tenían problemas a la hora de encontrar trabajo, y por eso un día nos leyó una editorial sobre la educación y el desarrollo de la capacidad de pensar, y nos dijo finalmente: “posiblemente la mayoría de ustedes no van a trabajar en el área que están estudiando, sin embargo, siempre utilicen la cabeza; aunque sea criando cerdos, utilicen la cabeza”. Ese consejo siempre lo recordé, sobre todo luego que salí de la universidad y anduve peloteado en el mundo del desempleo.

También solía verlo con su revista de la National Geographic. Un día nos comentó sobre un reportaje de una ciudad patrimonio en algún lugar del mundo, y nos aseguró que Cuenca iba a ser patrimonio cultural de la humanidad; si aquella ciudad del reportaje era patrimonio, Cuenca tenía más razones para serlo. Efectivamente en 1999 se declaró a Cuenca como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Las revistas que leía estaban en inglés, el cual había desarrollado en sus estudios en otro país.

Hablándonos sobre la corriente de la escuela nueva en educación, en una de sus clases nos leyó la introducción de Summerhill, de Alexander Neill, un libro que cuenta la vida de una de las escuelas alternativas más famosas del mundo, fundada en Inglaterra en 1921. Aquellas ideas de libertad en la educación, de elegir si jugar o entrar a clases, de incluso nadar desnudo en la piscina de la escuela, me impresionaron. Luego encontré el texto una librería de Bogotá y las ideas de Summerhill me marcaron en aquella época. Luego de algunos años, en la sustentación de mi tesis de licenciatura, mientras tomábamos un vino, le conté que leí el libro de Summerhill y que aquellas ideas me fascinaron, y me contestó: "Las ideas son interesantes, pero difíciles de aplicar en nuestras sociedades". No me gustó la respuesta. Actualmente, también yo reconozco que las ideas de Summerhill son fantásticas, pero muy difíciles de replicar en nuestros contextos.
 
Otro buen recuerdo. Había terminado la universidad y un día por curiosidad leí las copias de un amigo que estudiaba en la facultad, y descubrí algo familiar en el escrito; sentí como que conocía esa redacción, hasta que descubrí que era uno de los capítulos de mi tesis de licenciatura. Había entregado a sus estudiantes el capítulo sobre la educación personalizada que trabajé en la tesis. Les había dicho que es un buen trabajo de uno de sus tesistas. Fue una alegría inmensa. Aquel amigo no podía creer que el capítulo lo había escrito yo. Entender eso fue un fuerte impulso en la confianza de uno mismo. Me sentí importante.

Le gustaba pasear en la facultad con su buen amigo, Walter Auquilla, que falleció antes que él. Se buscaban al inicio de la jornada o en los recesos. Iban y venían por los largos pasillos de la facultad "dándole a la lengua". Hoy sé que es importante tener buenos amigos dentro de la universidad, amigos con los que uno pueda hablar del mundo académico y la vida, donde puedamos mostrarnos como somos, de lo contrario podemos sentirnos solos en esta selva académica cada vez más competitiva y llena de egos.

También fue parte del tribunal en mi primer concurso para ingresar a la universidad, que además perdí (fue bueno perder porque genera humildad). Una de las preguntas que me hizo y que no pude contestar tenía que ver con algo relacionado con Ignacio Martín Baró, el psicólogo social radicado en San Salvador, que yo en ese entonces ni conocía, en mi formación nadié me había hablado de él. Luego de unas semanas nos encontramos y me dijo: "No se preocupe por haber perdido en el concurso, así es esto, usted todavía está jóven, ya tendrá otras oportunidades". Y así fue.

La profesión docente es una de las más hermosa, pero también, una de las más ingratas. No es reconocida socialmente. Actualmente el docente es perseguido por todos lados y su actividad está en continua duda. Con frecuencia muchos estudiantes no valoran la entrega que realizan los buenos docentes. Con este escrito he querido agradecer a uno de los tantos profesores que me han impacto a lo largo de mi vida e intentar no ser ingrato.

Estimado “doctor Migicho”, esté donde esté, reciba un gran abrazo de uno de sus estudiantes que ha querido dedicarle unas palabras y contar las buenas cosas que recuerda de usted.

lunes, 1 de febrero de 2021

Edgar León Reyes, mi profesor de psicología

 

Conocí a Edgar León Reyes como estudiante de psicología en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación de la Universidad de Cuenca. El primer día me impresionó su seriedad y que fumara en clases con gusto.

 

Sus cátedras fueron las "corrientes psicológicas" y las "teorías de la personalidad" que las manejaba muy bien luego de varios años de enseñarlas. Me gustaba porque manejaba muy bien los fundamentos filosóficos, posiblemente por haber estudiado filosofía en su juventud como seminarista.

 

Fue un profesor estricto y muy exigente, pero no era abusivo ni mala gente. Los estudiantes de los cursos superiores se encargaban de pasarnos sus percepciones y decepciones, decían que sus cátedras era muy difíciles, que la mayoría reprobaba. Así empecé aquel ciclo en mil novecientos noventa y ocho, con mucho miedo frente a los horrores que había oído.

 

Una práctica educativa muy suya era tomar "lecciones orales" todos los días sobre las lecturas de los textos. Cada día los elegidos eran dos o tres estudiantes sorteados al azar de la lista. El elegido debía hablar sobre las lecturas. Él notaba rápidamente si se había leído, un par de preguntas bastaban. Una frase suya era: “¿usted está leyendo o explicándome?” No le gustaba que se lea el texto sino que se explique. Tampoco le gustaba que se falte a clases, quien lo hacía repetidamente, tenía perdido el ciclo. Era intolerante con la mediocridad. Argumentaba, con razón, que la formación de los psicólogos es mala, y, posiblemente, por eso era muy estricto.

 

A pesar de haber estudiado, mi primera nota con él fue muy baja, lo que me impactó, pues estaba acostumbrado a tener notas más o menos decentes. Tocó redoblar los esfuerzo y  sufrir todo el ciclo. Al final, varios pasamos, no así la mayoría que se iban retirando conforme pasaba el tiempo. El siguiente ciclo, Teorías de la Personalidad, fue un poco más fácil, al menos el temor inicial había desaparecido, creo que él también se sentía más tranquilo luego del primer filtrado. Al final de ese ciclo, mi nota del examen fue perfecta, lo que me alegró mucho, había pasado con uno de los profesores más exigentes y temidos de la Facultad, 

 

Odiaba los trabajo en grupo. Pensaba que sólo hay uno que trabaja y que los demás se benefician de las calificaciones. Dudaba de los docentes que en su metodología usaban constantemente los trabajos en grupo. No le gustaba que los docentes sean amigos de los estudiantes, "el docente está para dar clases y exigir, y los estudiantes para estudiar", decía.

 

Creía mucho en el positivismo y el empirismo. Era un defensor del conductismo en psicología y su aplicación en educación. Manejaba muy bien sus postulados. Sabía también que un problema de la formación de los psicólogos es el manejo estadístico, por lo que decía: "Los estadísticos no saben psicología y los psicólogos no saben estadística". Criticaba que hayan pocos tests adaptados en nuestro contexto.

 

Fue un hombre muy disciplinado. Daba clases en la Universidad de Cuenca las primeras horas de la mañana y de la tarde, el resto del tiempo trabaja en la Universidad de Azuay donde fue decano varias veces. Era muy puntual. Siempre llegaba antes a sus clases o reuniones. Casi nunca faltaba a clases. Mientras esperaba la hora de entrada le gustaba caminar, ir y venir por los pasillos con algún compañero, los últimos tiempos, en la Universidad de Cuenca, lo hacía con su amigo, Alberto Astudillo. 


Alguna vez quedé encargado por varios meses de la Junta Académica, y cuando él no podía asistir o tenía que salir antes, se acercaba y me pedía permiso (a mí, simple profesor, que había sido su estudiante). No era necesario, sin embargo, él lo hacía, lo cual siempre aprecié. En este sentido era sencillo, muy diferente a muchos profesores actuales, que faltan cuando quieren, no saludan, ni piden permiso.

 

No sé bien las razones pero odiaba a los pedagogos. Decía que complican las cosas en educación. Definía la pedagogía como "la reflexión de lo obvio", es decir, que cualquiera con sentido común sabe lo que debe hacer en educación: dar clases, ser puntual, programar, exigir que lean, reprobar si no rinden, etc. Siempre me quedó grabada una frase suya: "La teoría educativa viaja en jet, la práctica educativa en burro". Con eso resumía que los pedagogos viven en otro mundo, que complican el mundo educativo con sus teorías para nada obvias. Aunque, creo que se refería a los malos pedagogos, a esos que nunca han dado clases y planifican la educación desde sus escritorios, o a esos profesores que faltan constantemente y son pésimos en sus clases, pero que cuando llegan a cargos de poder, diseñan y exigen cosas que ni ellos han probado.

 

Como hombre de academia conocía las buenas y malas prácticas universitarias. Como decano conocía también la lógica de administrar una Facultad y lidiar con las bondades y, sobre todo, las limitaciones humanas. Comentaba que cuando se es decano, todos los que entran viene a reclamar o a quejarse de los demás. Sobre los cursos de graduación decía que son "un buen negocio económico pero un mal negocio académico". Los títulos de España no le convencían, como ejemplo contaba de varios estudiantes suyos que no eran muy buenos, pero que iban a España y en poco tiempo llegaban con maestrías y doctorados.

 

Alguna vez me dijo que se jubilaba, entre una de las razones porque la vida del docente se estaba burocratizando. Fue el momento en que, con los nuevos cambios que vivía el país, con las evaluaciones a las instituciones, los estándares y la categorizaciones, se vivía una atmósfera de miedo, había que hacer planificaciones cada vez complicadas y elaborar informes de todo. Estaba incómodo y, por supuesto, odiaba más a los pedagogos. Como una persona crítica, no se comía fácilmente el cuento de los cambios educativos, sabía que las modas en educación pasan, que los nuevos conceptos con aires de novedosos, pronto chocan con la realidad. ¡Cuánta razón tenía! 

 

Ser colega y compañero de trabajo fue una experiencia agradable. Por supuesto, había ese miedo y recelo que uno tiene con sus profesores; sin embargo fue respetuoso con los estudiantes que ahora éramos sus compañeros. Había que convencerle que éramos dignos de estar en la universidad. No sé si conseguí eso, siempre quise preguntarle si se acordaba de mí como estudiante, cómo era. Nunca me atreví. El miedo y la distancia no lo hicieron posible.

 

Ruth Clavijo, Karen Alarcón y yo, cuando por fin ingresamos a la universidad, invitamos a todos los compañeros a una cena para celebrar aquel evento importante en nuestras vidas. Para sorpresa nuestra, Edgar llegó, y allí, con canelazo y cuy con papás, festejamos ser profesores titulares de la Universidad de Cuenca.

 

Luego que se jubiló, un día nos encontramos en el Parque Calderón. Al cruzarnos la mirada, automáticamente levanté mi mano para saludarle: "¡Edgar!", grite. Creo se alegró de verme porque inmediatamente cruzó la calle, nos saludamos y empezamos a charlar. Entre bromas le dije: "¿por qué no ha ido a visitarnos en la universidad?". Y su respuesta me sorprendió, entre molesto y con dolor me dijo: "¿para qué?, si ya no se puede ni entrar en la universidad, al jubilarme me quitaron la tarjeta de ingreso". Me dolió la respuesta. Posiblemente es el gran problemas de nuestras instituciones que tienden a olvidarse de sus jubilados. La conversación estaba interesante, pero tenía que irse, su esposa ya había realizado la diligencia. Fue la última vez que lo vi. 

 

A lo largo de nuestra vida hay profesores que nos marcan, unos más que otros, en mi carrera universitaria, Edgar fue uno de ellos. Sólo quería compartir algo de lo que aprendí con mi profesor de psicología.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Breve visita a monseñor Oscar Romero

 

Con el cuerpo rígido, mirando a todos lados, con miedo caminaba por el centro de San Salvador. Ventas ambulantes en las veredas, busetas que van y vienen, motores que rugen y pitos que suena. El joven taxista que me llevó me dirige y hace de guía. Me explica cosas de la ciudad, que de otra forma ni me enteraría, en mis adentros pienso lo importante que es ser parte de la cultura.

Pasamos junto a una especie de mercado y en voz baja -como para que nadie escuche- me dice: "mire a la derecha". Más adelante me cuenta que es un mercado de cosas robadas. Que tiempo atrás llegaba la policía y pedía dinero a los vendedores, eran detenidos si se negaban; pero que ahora, la policía ronda el lugar y cuida a los vendedores porque de allí salen sus ganancias. Me comenta también los enfrentamientos que existen entre la policía y Las Maras, me dice que eso de los derechos humanos en El Salvador no se cumple mucho. 

Llegamos a una plaza en remodelación, que tiene cubierto su perímetro con planchas de zinc azul, la rodeamos y me vuelve a contar en voz baja que es el lugar de las prostitutas, que no sabe si luego de la remodelación van a seguir allí. En uno de los lados de la plaza está la iglesia El Rosario, el joven comenta que es chistoso porque allí, a los alrededores de la iglesia, caminan las prostitutas y los que las frecuentan. Ingresamos a la iglesia y me llama la atención lo bonita que es, su estructura es como un semicírculo con muchos vitrales de colores por donde la luz del sol ingresa.  

Seguimos el recorrido. Ahora visitamos un mercado de artesanías. Compro unas zapatillas tradicionales para mi hija, se ven bonitas. En el mercado, en vez de la típica música de pueblo, se escucha por un altoparlante la voz de monseñor Romero, es alguna de sus múltiples homilías grabadas; es un personaje importante y querido por este pueblo. Mi miedo no se ha ido. Sigo tenso. Estoy pendiente de mi billetera y celular. Incluso llego a pensar que el joven taxista podría ser un “mara”, pues en este país existen muchas pandillas. Lo miro analíticamente y lo veo seguro, al menos no parece alguien que me pueda robar.

Caminamos por otra calle, y las ventas a cada lado siguen. Veo una fila de puestos, muchas bananas y licuadoras, la gente toma allí sus batidos. No hay mucho orden ni mucho aseo. El chico vuelve a comentarme que por allí hay varias cantinas, donde la gente cuando cobra acude para emborracharse. Me apetece conocer el lugar, pero mi precaución es más fuerte.

Seguimos el recorrido y llegamos finalmente a la catedral de la ciudad donde están los restos de monseñor Oscar Arnulfo Romero, motivo de mi visita relámpago a la capital. Entramos por una puerta lateral, hay gente sentada, parece que en breve habrá una celebración, pero no es gente de pueblo, por sus rostros y trajes son de otra clase social; es difícil que la gente sencilla pague toda una cobertura con cámaras. Veo a personas bien vestidas y algunos con un audífono en el oído, como esos agentes de seguridad que uno ve en las películas. 

Al frente, a lado izquierdo de la catedral está la foto de monseñor. El chico me guía y me muestra un altar que no empata con las fotos de la tumba que yo había visto. Inmediatamente le digo que esa no es, él se queda perplejo y llama por celular a un amigo para consultar. Posteriormente entramos por otro lugar y bajamos a un subsuelo debajo de la catedral, y allí sí está la tumba detrás de un altar. 
 
Es una tumba única. Me parece bonita. A sus lados están cuatro reclinatorios, dos a cada lado. Los reclinatorios son unos muebles en los que uno puede arrodillarse para orar. Algo me invita a ponerme de rodillas, no obstante, una parte mas racional de mí, me dice que no pierda la cordura, me recuerda que actualmente he tomado cierta distancia del catolicismo. Me arrodillo y cierro los ojos, siento algo raro en la barriga. Una especie de fuerza despierta en las entrañas y sube hacia mi garganta, me vienen ganas de llorar. Mi cabeza está asustada y observa, sólo intento sentir, respiro y en silencio sólo siento. Poco a poco me voy calmando. Pienso en monseñor Romero, en su vida, en su muerte. Y extrañamente me viene a la mente los dólares que debo pagar al taxista; me da un poco de vergüenza, pienso que posiblemente más que ir a la tumba de monseñor, debí donar esa plata a los pobres. Y así como me arrodillé, ahora estoy parado y contemplando la tumba. Vuelvo a la normalidad. Intento mantener la calma. Algo extraño pasó. ¿Qué fue?, no lo sé, ¡realmente no lo sé!. Los psicólogos, acostumbrados a reducir todo, dirán que una descarga emocional; posiblemente un religioso dirá que fue un encuentro con “alguien”. 

Continúo escudriñando el lugar. Ahora miro la información que está a los lados donde se exhibe en fotos la vida de monseñor. Y así como llegamos, volvemos a salir.

Ahora recorremos la plaza frente a la catedral que está arreglada y bonita. Me comenta mi guía que hace poco la regeneraron. Pienso que esa es la plaza, que cuando se celebraba la misa para el entierro de monseñor, llena de gente sencilla y delegados internacionales, se ordenó disparar y todo se convirtió en un desastre.

Me viene a la mente que monseñor Romero fue puesto por sectores conservadores como arzobispo del San Salvador, era de su línea, apegado a la tradición. No obstante, se les viró, se puso al lado del pueblo oprimido, era su voz y defensor. Empezó, desde el evangelio, a denunciar las atrocidades que se cometían en El Salvador. Fue la piedra en el zapato de los poderosos, que finalmente lo callaron, matándolo. Pienso también en lo largo y lento que fue el proceso de canonización, no era querido en la curia romana; su proceso fue detenido durante mucho tiempo por los sectores conservadores dentro de la iglesia. Con la llegada del papa Francisco el trámite se agilitó y es beato desde el 2015 y santo desde 2018. Mucha gente desde su asesinato lo llamaba santo, Pedro Casaldáliga lo llamaba, “San Romero de América”.

Me quedé con las ganas de conocer el museo de la Universidad Centroamericana “Simeón Ocañas”, donde murieron los cinco jesuitas, entre ellos el filósofo y rector de la universidad, Ignacio Ellacuría, y el psicólogo, Martín Baró, un psicólogo que descubrí tarde y del que nadie me habló en mi formación; formación que ahora sé, se priorizaba la historia de psicólogos europeos y norteamericanos, de los nuestros, de los latinoamericanos, poco se sabe. 

El taxista me lleva de regreso al aeropuerto. En el trayecto paramos a comer unas  tortillas típicas de la zona, su nombre son las “pupusas”, unas tortillas de arroz o maíz. Cada país tiene sus particularidades, y la gastronomía no es la excepción.

Así finaliza mi breve visita a San Salvador, que surgió gracias al cambio arbitrario que una aerolínea hizo de mi regreso de México, me mandaron varias horas a San Salvador. Gracias al cambio, sin esperarlo, conocí la tumba de monseñor Romero, un ser humano dentro del catolicismo que admiro por su vida.

viernes, 4 de septiembre de 2020

Mi mesa del comedor

Fuente: www.colorearjunior.com

 

Llegué a casa luego de quedar varado en México por la pandemia y encontré que en mi ausencia la vida sigue. Mi puesto de trabajo estaba ocupado, desde allí mi pareja tenía sus clases por videoconferencia con un pizarrón improvisado y colgado en un librero. Mi hija tenía sus clases desde su cuarto en una computadora que por suerte no había vendido. El más pequeño recibía clases en el celular o la computadora de la hermana. La famosa Enseñanza Remota Emergente que dicen los especialistas se palpaba, no eran clases presenciales ni educación virtual sino una mezcla de las dos. 

    Desde entonces trabajo en la mesa del comedor. No había otra opción. Desde aquí aprovecho incluso para cocinar. Mientras trabajo escucho el sonido de las ollas, los timbres que interrumpen y avisan que ya es tiempo de revisarlas. Ahora mismo en la mesa anda una mermelada de mora y unas papayas que esperan la llegada de los niños que se levantan tarde por las vacaciones.

    Trabajar en la mesa del comedor no es nuevo, en mi niñez y adolescencia lo hice. Ninguno teníamos escritorio, la mesa del comedor fue nuestra mesa de trabajo. Allí andaban los cuadernos, libros, esferos, incluso los ceniceros cuando empecé a fumar. La rutina siempre era quitar el lugar de estudio, comer, y luego armarlo de nuevo. Si olvidábamos levantarlo, alguien lo hacía, con la consiguiente pérdida de la lógica que uno siempre tiene. "No molestes, para qué no has levantado", decían.

    Hoy, casi es lo mismo. La única diferencia es que ahora uso computadora para trabajar y soy el que tiene que cocinar. Esto último por cierto, desde que empecé el doctorado, ha sido de gran ayuda para no volverme loco, me ayuda a retornar a la tierra, a descansar de las lecturas y la escritura, a dejar la computadora por un rato. Aunque cocino desde muy jóven, no le tenía mucho cariño, el doctorado y la pandemia están haciendo que le coja un poco más de afecto. Ya cocino con más gusto y algo mejor que cuando era estudiante de pregrado y vivía solo. Al menos he pasado la prueba del paladar de los niños.

    Lo que estoy pensando y debo resolver estos días es cómo voy a organizar el comedor para el inicio de las clases en la universidad, porque tal como va la pandemia, seguiré trabajando desde mi mesa del comedor.

lunes, 24 de junio de 2019

El padre Jesús Alonso Martínez


www.escolapios.org.co

La muerte de personas conocidas y, sobre todo, queridas, duele. El sábado 22 de junio de 2019 falleció el padre Jesús Alonso Martínez en Medellín, Colombia. Fue un religioso escolapio, español, que vivió y trabajó en Cañar (Ecuador) mi pueblo natal. Fue profesor de matemática en el Colegio Calasanz y párroco del pueblo. Hace algo más de un año, falleció su hermano, Antonio Alonso, también escolapio. Tuve la suerte de conocer a los "hermanos Alonso", y de los dos tengo buenos recuerdos.

El padre Jesús influyó en mi adolescencia y primeros años de juventud. Lo conocí en 1993,  fue mi profesor de Física y Formación Humana en el Colegio Calasanz. Como profesor de Física era muy exigente. Me gustaba sus clases de Formación Humana porque nos hablaba de sexualidad, autoestima, la importancias de conocerse, etc. Alguna vez nos habló de la "vocación", y en mí, a los quince años, nació el deseo de ser escolapio. Por mi cuenta, iba también a sus clases de religión en la parroquia, los martes en la noche. Como buen escolapio, era una persona con mucha cultura general.

Sus clases de religión eran totalmente distintas a las tradicionales. Sus ideas teológicas era radicales, y por eso me gustaban. Nos decía que el infierno no existe; creía en la evolución humana; ponía en tela de juicio ciertas acciones del mismísimo Papa, Juan Pablo II; no estaba de acuerdo con ciertas cosas de la cúpula de la iglesia a la que llamaba la "jerarquía de la iglesia"; no creía en el dios todopoderoso sino en el Dios amoroso, se esforzaba por sacar de la liturgia la palabra todopoderoso y cambiarla por amoroso; estaba de acuerdo con Marx, que la religión es el "opio del pueblo"; creía que la iglesia hizo mucho daño en Latinoamérica con la conquista; aprendí que la mayoría de obispos son del Opus Dei, la línea más conservadora de la iglesia, y cómo su fundador llegó a los altares en corto tiempo por las "palancas" dentro del Vaticano… Rompía con muchas ideas de la religiosidad popular. Mucha gente decía: "nos quita la fe". Lo que buscaba es que la gente madure religiosamente y que su fe no sea tan ciega.

No siempre había pensado así. Contaba que fue un religioso muy conservador, defensor a ultranza de las ideas del catecismo de la iglesia hasta que empezó a sentirse incómodo y no era feliz con lo que predicaba. Había entrado en crisis. Alrededor de sus cincuenta años (a finales de los años ochenta) sufrió una transformación interior en unos retiros espirituales con un padre jesuita llamado, Gustavo Baena, en Colombia. "Tuve una mentanoia" [cambio de mentalidad], decía. Desde entonces se alejó de la doctrina vacía y se centró en la persona y el  mensaje de Jesús.

Era un buen conocedor de cómo evolucionaba el catolicismo en España, de cómo las iglesias se están vaciando; planteaba que en América Latina sucederá lo mismo si la iglesia no cambia. Actualmente las iglesias se están vaciando y lo seguiran haciendo. Una vez lo vi enfrentarse al obispo en una convivencia: el obispo defendía que los divorciados no pueden comulgar, él argumentaba que sí pueden, que la comunión es para los pecadores. Sus creencias y su forma de predicar hizo que tenga algunos problemas con la jerarquía de la iglesia local, y también dentro de su orden religiosa.

Era muy disciplinado. Calificaba los exámenes de matemática de varios cursos, prácticamente para la próxima clase. Mantenía correspondencia con mucha gente, respondía inmediatamente. Una vez que lo llevaron a Colombia, montó una "parroquia virtual" en redes sociales y seguía en contacto con sus grupos mediante video conferencia. Era un gran lector, hasta ahora nunca he conocido a nadie que lea tanto como él, le gustaba los libros de teología, psicología y educación; gracias a él conocí a Leonardo Boff, José María Castillo, González Faus…. Una vez me contó, cómo escoge sus libros: "si te llama la atención el título, lo les por fuera, luego ves el índice y lees al azar algunas partes del libro, y si te gusta, lo compras". Un gran consejo de un gran lector.


Era muy serio y recto, tenía un temperamento fuerte, no era un hombre de medias tintas. También era muy cercano. Hablé mucho y mantuve correspondencia con él cuando estuve en la vida religiosa, me apoyó en mi crecimiento. Lo recuerdo con cariño, sobre todo por la misa cuando mi hermana falleció, en medio de nuestro dolor, sus palabras en la homilía fueron reconfortantes. No le había escrito desde hace muchos años. La última vez que lo vi, fue cuando se marchaba para Colombia, había pasado a despedirme de él. Sabía que estaba enfermo y quería escribirle, pero siempre postergamos las cosas y lamentablemente falleció; me he recriminado por no hacerlo a su debido tiempo, por ser ingrato.

Estaba convencido que hay vida después de la muerte: como buen cristiano y católico creía en la resurrección. Estaba convencido que Dios es amor gratuito, y que la resurrección es un regalo para todos. Creía que una vez que muramos, todos, absolutamente todos, independientemente de nuestro comportamiento, iremos al cielo. Siempre me gustó ese tipo de escatología, aunque en esta etapa de mi vida mi cabeza lógica lo dude, espero que así sea.

Su vida, su "aventura humana" -como le escuché decir- finalizó. Sólo puedo agradecer por haberlo conocido y por su existencia.

¡Descansa en paz, querido maestro y amigo! 


NOTA. En el siguiente enlace hay una reseña de su vida escrita en una revista de los escolapios: https://www.escolapios21.org/wp-content/uploads/2020/07/Ephemerides_2020-JESUS-ALONSO.pdf

viernes, 20 de octubre de 2017

La Universidad de Cuenca





Hoy sé que fui de los “estudiantes universitarios de primera generación” como dicen los investigadores educativos, es decir, de los que no tuvo padres que hayan realizado estudios universitarios. Llegué para matricularme en la universidad, algún día de septiembre de 1996.

En aquellos años, la Universidad de Cuenca no era tan bonita como hoy, se notaba más su carácter público, por lo descuidada que estaba, los colores un tanto raros y lo intimidante que eran las secretarias. Para mí, estudiante de provincia, era un mundo nuevo, otros rostros, otra forma de entender la vida me esperaba. 

En esos años, era más fácil entrar en la universidad. La demanda era menor, y los que veníamos de provincia también éramos menos. Lo que sí existía para las matriculas eran grandes colas de estudiantes de diferentes orígenes. Por nuestras fachas, la mayoría éramos de las clases medias y bajas. Asustado, en una ciudad nueva, empecé mis estudios.

Eran otros tiempos. A finales de los noventa, los universitarios todavía eran rebeldes. Había más vida política en la universidad. Era común que los estudiantes, de los diferentes partidos, desfilaran ingresando a las aulas, con discursos de izquierda y propaganda del Che Guevara. No era raro que a media semana, cuando todos estábamos en clases, sonara música protesta, sobre todo las canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés; las clases se suspendían y los estudiantes salíamos a ver las congregaciones y los discursos.

El enfrentamiento con la policía era común. Admiraba aquellos chicos que lanzaban piedras y tomaban las bombas lacrimógenas para lanzarlas nuevamente a los policías; no tenían miedo a la muerte, se jugaban la vida. Ciertamente se perdía clases -muchas para mi gusto-, pero hoy sé que se aprendía sobre otras cosas que no están en los libros, como el compromiso social y a pensar políticamente. A la larga, mucho de las asignaturas y los contenidos de esos años los he olvidado; lo que ha quedado es el ejemplo de los profesores, la amistad con mis compañeras y compañeros, y las imágenes de aquellos estudiantes que arriesgaban la vida por un mundo más justo. Posiblemente, en aquellos tiempos, no se tenía nada que perder, porque se tenía poco o nada, y la protesta social era la única manera de trascender.

Soy agradecido con mi universidad pública por haberme formado. Mucho de lo que soy le debo a esta institución. Tuvo y aún tiene grandes defectos, pero eso no quita su grandeza.

¡Feliz festejo de los 150 años!


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