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miércoles, 30 de diciembre de 2020

Carlos G Vallés, matemático y escritor

 

El 9 de noviembre de 2020 falleció Carlos G Vallés (1925-2020) en España, a los 95 años. Fue un jesuita español, matemático y escritor. Es por este último oficio que lo conocí en 1996 gracias a uno de sus libros (Al andar se hace camino), desde entonces he seguido sus pasos. Tenía un estilo interesante y sencillo de escribir, muy fácil de entender. Sus escritos tratan sobre espiritualidad, psicología y religión, están llenos de anécdotas de su vida, sobre todo de la India, país donde vivió cinco décadas.

 

Desde muy joven le gustaban las letras, pero por obediencia a sus superiores estudió matemática en la Universidad de Madrás en la India en la década de los cincuenta. Trabajó como profesor de matemática en la Universidad San Xavier de los jesuitas en Ahmenadab desde la década de los sesenta, pero siguió paralelamente con las letras -su primer amor-, y se dedicó de lleno a ellas una vez que se jubiló.

 

También fue bueno para los idiomas, aprendió inglés en la India y la lengua guyaratí (la misma lengua del Mahatma Gandhi), escribió muchos libros en esta lengua y también fue columnista los domingos en uno de los diarios de mayor circulación de la región: "Guyarat Samachar". Ganó muchos premios literarios en lengua guyaratí. Escribió posteriormente en inglés y español, este último le abrió las puertas a Latinoamérica.

 

Durante 10 años y de manera itinerante vivió con familias pobres de Ahmedabad como una forma de conocer a sus lectores; sólo iba en su bicicleta a las clases de matemática de su universidad. Esa experiencia fue importante en su vida, sobretodo aprendió a convivir con personas de diferentes creencias religiosas. Sus libros están marcados por anécdotas de esos años.

 

A inicios de este siglo, con más de setenta años, creó su página web (www.carlosvalles.com) donde escribía cada quince días. Por esos años, en su página encontré su correo electrónico y le escribí agradeciéndole por sus escritos. No esperaba contestación, pero me alegró encontrar en mi bandeja de entrada una respuesta suya. Luego de muchos años le volví a escribir, quería saber cómo se hizo escritor y esto fue lo que me contestó en 2012:

 

Gracias por todo lo que me dices, Claudio. Llevo ya muchos años en la Web, que emprendí cuando vi lo que era, y que podía hacerse tranquilamente desde cualquier sitio. He escrito muchos libros, más de cien, sobre todo en lengua guyaratí que no he traducido porque el ambiente en la India es muy distinto del de Europa. Llegué a mi estilo por la sencilla receta de escribir todos los días una hora, la primera de trabajo del día, escribiendo solamente por escribir y echando a la papelera inmediatamente lo escrito. La práctica es lo que forma. Y luego consuela mucho ver hasta dónde llegan esos escritos y el bien que pueden hacer animando a vivir.

Un fuerte abrazo,

Carlos

 

Finalmente, en 2016 le escribí por última vez, cuando vi que ya había pasado los noventa años y como una forma de despedirme, y esto me respondió:

 

Querido Carlos:

Cuando hace muchos años te escribí no creí que me respondieses, pero lo hiciste, lo cual fue bueno. Cuando puedo leo tu página, me gusta el estilo con el que escribes. Vi que ya cumpliste 90 años, lo cual me parece increíble, y lo más increíble que sigues escribiendo. Ojalá alguna vez sea un buen escritor como tú. Te envío un gran abrazo y mi admiración personal desde Ecuador en Sudamérica, desde una pequeña ciudad llamada Cuenca. 

Claudio

 

Gracias, Claudio, y que seas un buen escritor. Un proverbio indio dice: “El escritor se hace escribiendo.” Y un proverbio latino: “Ni un día sin una línea.”

Abrazos,

Carlos

 

Su último mensaje en su página fue el 1 de mayo de 2018, a los 92 años, y decía: "Ésta va a ser mi última Web. Estoy muy bien, pero son ya muchas Webs y además veo que me estoy repitiendo, y eso no me gusta. Gracias a todos y que Dios os bendiga".

 

Varias personalidades le han rendido tributo, entre esos, el mismísimo Narendra Modi, actual Primer Ministro de la India, originario de la región del Guyarat que con seguridad leyó sus escritos. Tuvo una larga y abundante vida, desarrolló hasta donde pudo sus cualidades. Solía decir que tuvo tres vidas en una: la primera como español, la otra viviendo en la India durante cinco décadas, y la tercera como jubilado y los constante viajes a Latinoamérica. Una vida interesante de uno de mis escritores favoritos. ¡Hasta siempre, Carlos! ¡Gracias por tus escritos!

viernes, 4 de septiembre de 2020

Mi mesa del comedor

Fuente: www.colorearjunior.com

 

Llegué a casa luego de quedar varado en México por la pandemia y encontré que en mi ausencia la vida sigue. Mi puesto de trabajo estaba ocupado, desde allí mi pareja tenía sus clases por videoconferencia con un pizarrón improvisado y colgado en un librero. Mi hija tenía sus clases desde su cuarto en una computadora que por suerte no había vendido. El más pequeño recibía clases en el celular o la computadora de la hermana. La famosa Enseñanza Remota Emergente que dicen los especialistas se palpaba, no eran clases presenciales ni educación virtual sino una mezcla de las dos. 

    Desde entonces trabajo en la mesa del comedor. No había otra opción. Desde aquí aprovecho incluso para cocinar. Mientras trabajo escucho el sonido de las ollas, los timbres que interrumpen y avisan que ya es tiempo de revisarlas. Ahora mismo en la mesa anda una mermelada de mora y unas papayas que esperan la llegada de los niños que se levantan tarde por las vacaciones.

    Trabajar en la mesa del comedor no es nuevo, en mi niñez y adolescencia lo hice. Ninguno teníamos escritorio, la mesa del comedor fue nuestra mesa de trabajo. Allí andaban los cuadernos, libros, esferos, incluso los ceniceros cuando empecé a fumar. La rutina siempre era quitar el lugar de estudio, comer, y luego armarlo de nuevo. Si olvidábamos levantarlo, alguien lo hacía, con la consiguiente pérdida de la lógica que uno siempre tiene. "No molestes, para qué no has levantado", decían.

    Hoy, casi es lo mismo. La única diferencia es que ahora uso computadora para trabajar y soy el que tiene que cocinar. Esto último por cierto, desde que empecé el doctorado, ha sido de gran ayuda para no volverme loco, me ayuda a retornar a la tierra, a descansar de las lecturas y la escritura, a dejar la computadora por un rato. Aunque cocino desde muy jóven, no le tenía mucho cariño, el doctorado y la pandemia están haciendo que le coja un poco más de afecto. Ya cocino con más gusto y algo mejor que cuando era estudiante de pregrado y vivía solo. Al menos he pasado la prueba del paladar de los niños.

    Lo que estoy pensando y debo resolver estos días es cómo voy a organizar el comedor para el inicio de las clases en la universidad, porque tal como va la pandemia, seguiré trabajando desde mi mesa del comedor.

viernes, 21 de agosto de 2020

Así escriben: la experiencia de 53 escritores mexicanos

 

Lo vi de reojo cuando salía del local. Estaba parado sobre de un montón de libros como si me mirara. Su título me atrapó. Lo agarré, y, como con hambre, le eché un vistazo. Usé la técnica de "catar libros" que aprendí de mi maestro, Jesús Alonso: tomé  el libro, lo miré por fuera, analicé el índice, y leí algunos capítulos que me llamaron la atención. El libro me fascinó con su título, y las pequeñas lecturas corroboraron mi intuición. No me equivoqué.

 

Lo compré porque me interesa el misterio de la escritura, como decía García Márquez,  "la carpintería" de los autores. He encontrado cierto gusto a la escritura, y ahora que empecé la segunda mitad de mi vida quiero explorar ese camino, ya que dicen que escribir es leer dos veces. El libro lo conseguí en una librería de la Ciudad de México y se titula, Así Escribo, la compiladora es Delia Juárez. En el libro cincuenta y tres escritores mexicanos comparten su experiencia sobre la escritura. No conozco a ninguno de los escritores, pero el simple hecho que su experiencia este por escrito es de gran valor. Comparto una pequeña síntesis.

 

La primera gran conclusión que saco del libro es que no hay una receta única para llegar a ser un escritor. Si bien hay algunas coincidencias, cada escritor tiene su propio camino. Por ejemplo, algunos tienen rituales de preparación como fumar, tomar café, tener un vaso de jugo, música de fondo, tener una ventana; a otros les gusta leer antes un libro o las noticias del periódico como para calentarse. Algunos necesitan silencio, y otros escriben en medio del bullicio.

 

Para escribir no hay un horario fijo. Unos escriben sólo en la mañana, otros al final de la tarde, algunos en parte de la noche o toda la noche, incluso de madrugada. Alguno a cualquier hora. Una cosa interesante, la mayoría escribe todos los días, y, lo más importante, con ganas o sin ganas; lo importante es la disciplina.

 

Respecto a dónde escriben, la mayoría escribe en su casa. Han dedicado algún lugar para el vicio. La mayoría sentados, alguno de pie, incluso alguna escribe en su cama, esa es su oficina. Alguien escribe en la mesa del comedor por su amplitud. A otros les gusta también los bares, los hoteles, los aeropuertos, los aviones (alguien incluso ha comprado pasajes sólo para poder escribir durante el vuelo).

 

Muchos autores empezaron escribiendo en papel, luego pasaron a la máquina de escribir, y ahora escriben en computador; sin embargo, algunos todavía escriben en papel, incluso con pluma. Alguna autora perdió su pluma, y siente que escribir no es lo mismo sin su amada pluma.

 

La mayoría tiene una o varias libretas donde anotan ideas, hacen esquemas, ponen nombres a sus personajes. Las tienen en casa o las llevan siempre en sus bolsos, pues las ideas suelen surgir cuando ellas quieren, el foco se prende donde menos pensamos y no necesariamente cuando nos sentamos a escribir. Esto me recuerda a Kairos (la inspiración, el tiempo oportuno), aquel personaje de la mitología griega que tiene un copete de pelo adelante y que es calvo en la nuca. Las libretas servirían para agarrar las ideas cuando llegan de frente, porque si se las deja pasar, lo más seguro, es que no las recordemos.

 

Una cosa interesante: se escribe constantemente. No se escribe sólo cuando se está frente al papel. Hay una generación continua de ideas, se escribe y se corrige mentalmente, por eso la importancia de las libretas. Algunos viven rodeados con sus personajes: los ven, hablan con ellos, les preguntan cosas, miran cómo evoluciona y en algún momento se despiden. Se vive para la escritura, por eso algún autor para no volverse loco con la escritura constante, la corrección mental, tiene que hacer otras tareas para salir de la obsesión de la escritura continua.

 

¿Cómo lo hacen? Algunos se sientan y escriben todo lo que les salga ese momento, sin pensar mucho, para evitar al crítico que todos llevamos dentro; vuelven al siguiente día, corrigen y comienzan otra vez. Alguna, en cambio, se aguanta las ganas de escribir todo lo que puede, sólo cuando el deseo es irresistible, se sienta y escribe. Otra para escribir tienen que tener la primera y la última frase de la historia, mientras mentalmente no tenga eso, no inicia. A otros les ayuda la disciplina, tener un horario hace que escriban con ganas o sin ellas. Las ideas para escribir surgen de la vida misma, la mayoría tienen que ver con nuestra propia biografía; son las vivencias de la infancia que se han fermentado y transformado. Las ideas nos buscan, dicho de otro modo, a veces no elegimos los temas, sino que ellos nos eligen.

 

Una cosa importante de la escritura es la postescritura, es decir, el proceso de corrección. En esta etapa debe saltar el crítico que también llevamos dentro. La mayoría dedica un buen tiempo a la corrección, y una cosa interesante, la corrección de algún texto puede llevar años. Corregir también crea trance, es el afán de perfección. Alguno le gusta leer en voz alta los escritos para corregir, así le da ritmo. La corrección tiene por fin presentar la mejor versión posible del texto, por eso muchos son obsesivos con la corrección. Borges decía  que "publicaba para dejar de seguir corrigiendo".

 

Por lo que deduzco del libro, la mayoría de escritores sólo se dedican a escribir, no tienen que lidiar con tener otros trabajos para vivir, posiblemente porque ya pueden vivir de la escritura, o simplemente son de una clase económica que tiene sus necesidades básicas satisfechas. Algún escritor comenta que cuando era joven y tenía que trabajar, sólo trabaja 8 horas, no más, para poder dedicarse a escribir.

 

La mayoría escribe porque les produce placer. Algunos disfrutan del proceso; otros del resultado, de ver el escrito terminado, de saber lo difícil que fue. Otros escriben para huir del mundo, del tedio de la vida, porque escribir les divierte, les pone en trance. Para algunos la escritura es un vicio, como la del drogadicto que sólo vive para la droga, así el escritor organiza su vida para que gire alrededor del bello vicio de la escritura.

 

No hay una receta única para escribir, cada uno encontró la suya. Así escribo es un buen libro para entender cómo han hecho 53 escritores mexicanos para escribir. Espero les guste esta pequeña síntesis personal del texto, y si pueden, consigan el libro.

 

domingo, 21 de junio de 2020

Papá campesino

Octavio, un compañero mexicano que conocí en un curso de escritura, reenvío al grupo de WhatsApp una pequeña historia mexicana por el día del padre. Busqué en Internet la historia, pero no encontré nada. Son esas historias que circulan y nadie sabe quién las escribió. Ya que me gustó, arreglé puntuación y la coloqué en un formato para leer. La dedico a mi "viejo" que creció en el campo. Espero les guste.

***
 

Sentado a la entrada del troje, desgranaba mazorcas un campesino. Hasta ahí llegó su pequeño hijo y preguntó.

- Tata, ¿le ayudo?

Sin levantar la vista el papá empezó a preguntar.

- ¿Ya hizo su tarea?
- Sí, tata.
- ¿Metió los chivos?
- Sí, tata.
- ¿Recogió los guevos?
- Sí, tata, tres canastillas.
- ¿Echó el rastrojo?
- Sí, tata.
- ¿Acarrió el agua?
- Sí, tata, llené las tres ánforas.
- ¿Cortó la leña?
- Sí, tata, dos viajes de burro.
- Ta güeno. ¡ándele pues, desgrane!

Sentado y en silencio el niño comenzó a desgranar. Casi llenaban el último cuartillo y el pequeño preguntó: “Tata, ¿me da permiso de hablar con aste?”. “Humm, se tardó mucho en decedirse mijo, ¿paqué soy güeno?”, respondió el papá.

El niño le dijo con tristeza.

- Tata, es que mi amigo Remigio le mercó a su tata una guaparra grandota.
- Mmmmhh, ¿el que no ayuda en nada a sus tatas?
- Sí, tata, ese.
- Huum, ¿y a luego?
- Mi amigo Jacinto le mercó a su tata un sombrero de piel negra, muy bonito.
- Humm, ¿el que no lleva tareas?
- Sí, tata, ese.
- Humm, ¿y a luego?
- Toribio le mercó a su tata unas chivarras bordadas de piel.
- Humm, ¿el que lo agarraron robando guevos?
- Sí, tata, ese.

Y así el niño le fue diciendo lo que sus amigos habían comprado a sus papás. 

- ¿Y cuál es su preocupación? -preguntó el papá-.
- Es que yo estuve juntando pa mercarle un regalo, pero al cruzar por el puente colgante, se me cayó al río la bolsita con el dinero, y pos no tengo pa mercarle un regalo.
- ¿Y eso le preocupa mijo?
- Sí, tata, porque hoy es día del tata y yo quería mercarle a usted un regalo.

Aquel hombre de manos duras y piel tostada por el sol, se levantó el sombrero y rascándose un costado de la cabeza, dijo:

- ¡Despreocúpese mijo!. Los fierros no hablan, no obedecen, no ayudan, no cooperan, se desgastan y se tiran. Yo no soy tata porque aste me dé un regalo. Tata soy porque lo tengo aste, ¿paqué quero regalos? Yo le aseguro que todos esos tatas de allá quisieran tener un hijo así como aste: obediente, respetuoso, cariñoso. Yo lo tengo a aste, y no lo tengo por un día, lo tengo por muchos años, ¿paqué quero regalo de un día? ¡Aste es mi mejor regalo!

Aquel niño conmovido se acercó, lo abrazó y empezó a llorar.

- Tata, tata, ¡gracias por ser mi tata!
- No mijito, ¡gracias aste por ser mijo! ¿Qué más desea un padre de un hijo sino respeto, amor y obediencia?

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