viernes, 4 de septiembre de 2020

Mi mesa del comedor

Fuente: www.colorearjunior.com

 

Llegué a casa luego de quedar varado en México por la pandemia y encontré que en mi ausencia la vida sigue. Mi puesto de trabajo estaba ocupado, desde allí mi pareja tenía sus clases por videoconferencia con un pizarrón improvisado y colgado en un librero. Mi hija tenía sus clases desde su cuarto en una computadora que por suerte no había vendido. El más pequeño recibía clases en el celular o la computadora de la hermana. La famosa Enseñanza Remota Emergente que dicen los especialistas se palpaba, no eran clases presenciales ni educación virtual sino una mezcla de las dos. 

    Desde entonces trabajo en la mesa del comedor. No había otra opción. Desde aquí aprovecho incluso para cocinar. Mientras trabajo escucho el sonido de las ollas, los timbres que interrumpen y avisan que ya es tiempo de revisarlas. Ahora mismo en la mesa anda una mermelada de mora y unas papayas que esperan la llegada de los niños que se levantan tarde por las vacaciones.

    Trabajar en la mesa del comedor no es nuevo, en mi niñez y adolescencia lo hice. Ninguno teníamos escritorio, la mesa del comedor fue nuestra mesa de trabajo. Allí andaban los cuadernos, libros, esferos, incluso los ceniceros cuando empecé a fumar. La rutina siempre era quitar el lugar de estudio, comer, y luego armarlo de nuevo. Si olvidábamos levantarlo, alguien lo hacía, con la consiguiente pérdida de la lógica que uno siempre tiene. "No molestes, para qué no has levantado", decían.

    Hoy, casi es lo mismo. La única diferencia es que ahora uso computadora para trabajar y soy el que tiene que cocinar. Esto último por cierto, desde que empecé el doctorado, ha sido de gran ayuda para no volverme loco, me ayuda a retornar a la tierra, a descansar de las lecturas y la escritura, a dejar la computadora por un rato. Aunque cocino desde muy jóven, no le tenía mucho cariño, el doctorado y la pandemia están haciendo que le coja un poco más de afecto. Ya cocino con más gusto y algo mejor que cuando era estudiante de pregrado y vivía solo. Al menos he pasado la prueba del paladar de los niños.

    Lo que estoy pensando y debo resolver estos días es cómo voy a organizar el comedor para el inicio de las clases en la universidad, porque tal como va la pandemia, seguiré trabajando desde mi mesa del comedor.

viernes, 21 de agosto de 2020

Así escriben: la experiencia de 53 escritores mexicanos

 

Lo vi de reojo cuando salía del local. Estaba parado sobre de un montón de libros como si me mirara. Su título me atrapó. Lo agarré, y, como con hambre, le eché un vistazo. Usé la técnica de "catar libros" que aprendí de mi maestro, Jesús Alonso: tomé  el libro, lo miré por fuera, analicé el índice, y leí algunos capítulos que me llamaron la atención. El libro me fascinó con su título, y las pequeñas lecturas corroboraron mi intuición. No me equivoqué.

 

Lo compré porque me interesa el misterio de la escritura, como decía García Márquez,  "la carpintería" de los autores. He encontrado cierto gusto a la escritura, y ahora que empecé la segunda mitad de mi vida quiero explorar ese camino, ya que dicen que escribir es leer dos veces. El libro lo conseguí en una librería de la Ciudad de México y se titula, Así Escribo, la compiladora es Delia Juárez. En el libro cincuenta y tres escritores mexicanos comparten su experiencia sobre la escritura. No conozco a ninguno de los escritores, pero el simple hecho que su experiencia este por escrito es de gran valor. Comparto una pequeña síntesis.

 

La primera gran conclusión que saco del libro es que no hay una receta única para llegar a ser un escritor. Si bien hay algunas coincidencias, cada escritor tiene su propio camino. Por ejemplo, algunos tienen rituales de preparación como fumar, tomar café, tener un vaso de jugo, música de fondo, tener una ventana; a otros les gusta leer antes un libro o las noticias del periódico como para calentarse. Algunos necesitan silencio, y otros escriben en medio del bullicio.

 

Para escribir no hay un horario fijo. Unos escriben sólo en la mañana, otros al final de la tarde, algunos en parte de la noche o toda la noche, incluso de madrugada. Alguno a cualquier hora. Una cosa interesante, la mayoría escribe todos los días, y, lo más importante, con ganas o sin ganas; lo importante es la disciplina.

 

Respecto a dónde escriben, la mayoría escribe en su casa. Han dedicado algún lugar para el vicio. La mayoría sentados, alguno de pie, incluso alguna escribe en su cama, esa es su oficina. Alguien escribe en la mesa del comedor por su amplitud. A otros les gusta también los bares, los hoteles, los aeropuertos, los aviones (alguien incluso ha comprado pasajes sólo para poder escribir durante el vuelo).

 

Muchos autores empezaron escribiendo en papel, luego pasaron a la máquina de escribir, y ahora escriben en computador; sin embargo, algunos todavía escriben en papel, incluso con pluma. Alguna autora perdió su pluma, y siente que escribir no es lo mismo sin su amada pluma.

 

La mayoría tiene una o varias libretas donde anotan ideas, hacen esquemas, ponen nombres a sus personajes. Las tienen en casa o las llevan siempre en sus bolsos, pues las ideas suelen surgir cuando ellas quieren, el foco se prende donde menos pensamos y no necesariamente cuando nos sentamos a escribir. Esto me recuerda a Kairos (la inspiración, el tiempo oportuno), aquel personaje de la mitología griega que tiene un copete de pelo adelante y que es calvo en la nuca. Las libretas servirían para agarrar las ideas cuando llegan de frente, porque si se las deja pasar, lo más seguro, es que no las recordemos.

 

Una cosa interesante: se escribe constantemente. No se escribe sólo cuando se está frente al papel. Hay una generación continua de ideas, se escribe y se corrige mentalmente, por eso la importancia de las libretas. Algunos viven rodeados con sus personajes: los ven, hablan con ellos, les preguntan cosas, miran cómo evoluciona y en algún momento se despiden. Se vive para la escritura, por eso algún autor para no volverse loco con la escritura constante, la corrección mental, tiene que hacer otras tareas para salir de la obsesión de la escritura continua.

 

¿Cómo lo hacen? Algunos se sientan y escriben todo lo que les salga ese momento, sin pensar mucho, para evitar al crítico que todos llevamos dentro; vuelven al siguiente día, corrigen y comienzan otra vez. Alguna, en cambio, se aguanta las ganas de escribir todo lo que puede, sólo cuando el deseo es irresistible, se sienta y escribe. Otra para escribir tienen que tener la primera y la última frase de la historia, mientras mentalmente no tenga eso, no inicia. A otros les ayuda la disciplina, tener un horario hace que escriban con ganas o sin ellas. Las ideas para escribir surgen de la vida misma, la mayoría tienen que ver con nuestra propia biografía; son las vivencias de la infancia que se han fermentado y transformado. Las ideas nos buscan, dicho de otro modo, a veces no elegimos los temas, sino que ellos nos eligen.

 

Una cosa importante de la escritura es la postescritura, es decir, el proceso de corrección. En esta etapa debe saltar el crítico que también llevamos dentro. La mayoría dedica un buen tiempo a la corrección, y una cosa interesante, la corrección de algún texto puede llevar años. Corregir también crea trance, es el afán de perfección. Alguno le gusta leer en voz alta los escritos para corregir, así le da ritmo. La corrección tiene por fin presentar la mejor versión posible del texto, por eso muchos son obsesivos con la corrección. Borges decía  que "publicaba para dejar de seguir corrigiendo".

 

Por lo que deduzco del libro, la mayoría de escritores sólo se dedican a escribir, no tienen que lidiar con tener otros trabajos para vivir, posiblemente porque ya pueden vivir de la escritura, o simplemente son de una clase económica que tiene sus necesidades básicas satisfechas. Algún escritor comenta que cuando era joven y tenía que trabajar, sólo trabaja 8 horas, no más, para poder dedicarse a escribir.

 

La mayoría escribe porque les produce placer. Algunos disfrutan del proceso; otros del resultado, de ver el escrito terminado, de saber lo difícil que fue. Otros escriben para huir del mundo, del tedio de la vida, porque escribir les divierte, les pone en trance. Para algunos la escritura es un vicio, como la del drogadicto que sólo vive para la droga, así el escritor organiza su vida para que gire alrededor del bello vicio de la escritura.

 

No hay una receta única para escribir, cada uno encontró la suya. Así escribo es un buen libro para entender cómo han hecho 53 escritores mexicanos para escribir. Espero les guste esta pequeña síntesis personal del texto, y si pueden, consigan el libro.

 

domingo, 21 de junio de 2020

Papá campesino

Octavio, un compañero mexicano que conocí en un curso de escritura, reenvío al grupo de WhatsApp una pequeña historia mexicana por el día del padre. Busqué en Internet la historia, pero no encontré nada. Son esas historias que circulan y nadie sabe quién las escribió. Ya que me gustó, arreglé puntuación y la coloqué en un formato para leer. La dedico a mi "viejo" que creció en el campo. Espero les guste.

***
 

Sentado a la entrada del troje, desgranaba mazorcas un campesino. Hasta ahí llegó su pequeño hijo y preguntó.

- Tata, ¿le ayudo?

Sin levantar la vista el papá empezó a preguntar.

- ¿Ya hizo su tarea?
- Sí, tata.
- ¿Metió los chivos?
- Sí, tata.
- ¿Recogió los guevos?
- Sí, tata, tres canastillas.
- ¿Echó el rastrojo?
- Sí, tata.
- ¿Acarrió el agua?
- Sí, tata, llené las tres ánforas.
- ¿Cortó la leña?
- Sí, tata, dos viajes de burro.
- Ta güeno. ¡ándele pues, desgrane!

Sentado y en silencio el niño comenzó a desgranar. Casi llenaban el último cuartillo y el pequeño preguntó: “Tata, ¿me da permiso de hablar con aste?”. “Humm, se tardó mucho en decedirse mijo, ¿paqué soy güeno?”, respondió el papá.

El niño le dijo con tristeza.

- Tata, es que mi amigo Remigio le mercó a su tata una guaparra grandota.
- Mmmmhh, ¿el que no ayuda en nada a sus tatas?
- Sí, tata, ese.
- Huum, ¿y a luego?
- Mi amigo Jacinto le mercó a su tata un sombrero de piel negra, muy bonito.
- Humm, ¿el que no lleva tareas?
- Sí, tata, ese.
- Humm, ¿y a luego?
- Toribio le mercó a su tata unas chivarras bordadas de piel.
- Humm, ¿el que lo agarraron robando guevos?
- Sí, tata, ese.

Y así el niño le fue diciendo lo que sus amigos habían comprado a sus papás. 

- ¿Y cuál es su preocupación? -preguntó el papá-.
- Es que yo estuve juntando pa mercarle un regalo, pero al cruzar por el puente colgante, se me cayó al río la bolsita con el dinero, y pos no tengo pa mercarle un regalo.
- ¿Y eso le preocupa mijo?
- Sí, tata, porque hoy es día del tata y yo quería mercarle a usted un regalo.

Aquel hombre de manos duras y piel tostada por el sol, se levantó el sombrero y rascándose un costado de la cabeza, dijo:

- ¡Despreocúpese mijo!. Los fierros no hablan, no obedecen, no ayudan, no cooperan, se desgastan y se tiran. Yo no soy tata porque aste me dé un regalo. Tata soy porque lo tengo aste, ¿paqué quero regalos? Yo le aseguro que todos esos tatas de allá quisieran tener un hijo así como aste: obediente, respetuoso, cariñoso. Yo lo tengo a aste, y no lo tengo por un día, lo tengo por muchos años, ¿paqué quero regalo de un día? ¡Aste es mi mejor regalo!

Aquel niño conmovido se acercó, lo abrazó y empezó a llorar.

- Tata, tata, ¡gracias por ser mi tata!
- No mijito, ¡gracias aste por ser mijo! ¿Qué más desea un padre de un hijo sino respeto, amor y obediencia?

jueves, 30 de abril de 2020

Última carta a papá

Claudio López Calle




Era tu último año de primaria y te preparabas para entrar en la adolescencia. El abuelo Tomás Ezequiel consideró que ya que habías crecido y eras más útil trabajando en el campo, y allá te envió a cuidar la propiedad y el ganado, pero debías venir todos los días a trabajar con él. Y así, caminabas más de una hora en la mañana y en la tarde.

Ya adolescente, en Azogues, a donde ibas algunos sábados a vender las cosechas, pero viajabas el viernes tarde para dormir en los cuartos que los franciscanos prestaban a la gente, un día conociste a mi madre dentro de la iglesia "Reina de la Nube". Arrodillado rezabas a las cinco de la mañana, de pronto llegaron mis abuelos con su hija y se arrodillaron a rezar junto a ti, de reojo miraste a la niña de los cachetes colorados y te impactó. Muchos años después la volviste a ver un domingo en Cañar, y desde entonces seguiste sus pasos hasta averiguar sobre su familia y dónde vivía. Y así en tus caminatas de ida y vuelta a la propiedad del abuelo te empezaste a desviar del camino principal para espiar a mi madre desde el Yanahurco, la lomita arriba de la casa de mis abuelos maternos.

Por ventaja te pudiste casar con Martina, porque mi abuela Clotilde ya había decidido con quién debía hacerlo, así eran esos tiempos. Trabajaste duro el campo y gracias a eso lograste tener tus propias tierras, que luego las vendiste para comprar la casa en Cañar, pensando en educar mejor a tus hijos. De ese enigmático encuentro nacimos cinco hijos, lamentablemente una murió a los pocos días de nacida y mi otra hermana hace unos años. Yo fui el tercero y el primer varón.

Después de unos años, pensando en tener días mejores para la familia, migraste a EE-UU, tenías 34 años. Un martes de carnaval de 1985, entraste de madrugada al cuarto, me despertaste, me dijiste que te ibas y algunas otras cosas que en ese momento no entendí, me abrazaste con fuerza y te fuiste. Debiste despedirte también de mis hermanos y mi madre. Imagino el dolor que tenías de alejarte de nosotros, no debió ser fácil. "Sólo voy por unos años", habías dicho, como dicen la mayoría de migrantes, pero fue un viaje de toda la vida.

Viajaste a Guayaquil y desde allí a Ciudad de México, luego otro vuelo más a Tijuana desde donde cruzaste la frontera; aunque te agarraron la primera vez y te deportaron a Tijuana, lo lograste a la segunda. A los pocos años regresaste gracias a un permiso de trabajo conseguido de pura suerte y terquedad, un lujo para un migrante. Luego con la residencia venías cada cierto tiempo. En tus primeros viajes tenías dentro de tus bolsillos unos paquetes grandes de dólares que sacabas para regalar a las visitas, sobre todo a los niños; todos eran felices con los billetes verdes. Fuiste el hombre exitoso que había llegado a EEUU y que tenía residencia, y a donde la mayoría queríamos ir de grandes, al que la gente y la familia admiraba y venían a visitar como personaje famoso, aunque con los años lo hacían cada vez menos, pues ya no eras el único que había migrado, miles lo hicieron años después, en los noventa e inicios de este siglo.

Pero la fama no duró. A finales de los noventa quebramos económicamente, todos los ahorros quedaron aniquilados, se beneficiaron algunos chulqueros y abogados ladrones, aquellos seres que parecen normales pero que en vez de corazón tienen una piedra. Regresamos a como habíamos empezado. Te vi llorar como niño y no podíamos hacer nada. Nunca te recuperaste  totalmente de eso, por dentro quedó el maldito sabor del fracaso, que con los años lograste aplacar. Creo que posiblemente por eso nunca te di molestias, ya suficiente habías tenido.

Cuando quebramos, para pagar las deudas vendiste todo lo que tenías menos la casita vieja. Me dijiste que pagarías todo por cuidar la reputación de la familia, no querías que la gente del pueblo chico e infierno grande hablase mal de la familia, y peor de tus hijos, y así te arruinaste económicamente. Pero tu ejemplo nos quedó marcado, bien dicen que lo que educa es el ejemplo y no las palabras.

A pesar de todo nunca te olvidaste de nosotros, siempre nos mantuviste económicamente. Sabiamente nunca nos diste mucho, siempre en la medida justa, más cerca de la carencia que de la abundancia, y eso fue bueno porque hoy valoramos lo que tenemos.

Aunque podías llevarnos por tener papeles, luego de un intento fallido preferiste no hacerlo; sólo te bastó el testimonio de un amigo que se arrepentía de haber llevado a sus hijos que se descarriaron. Aunque no nos dijiste nada, optaste por no llevarnos; y posiblemente eso fue bueno porque nos obligó a estudiar en Ecuador y a valernos por nosotros mismos.

Me gustaba tu risa, a pesar de los problemas solías reírte. Fuiste un fantástico contador de historias, de esas personas capaces de envolver al público, robarle su atención; lamentablemente ninguno heredó ese don. Aún recuerdo las historias que contabas a la familia o conocidos del cruce de la frontera, allí estábamos embelesados pensando en el muro de México, los coyotes, la "migra" y los gringos.

Fuiste el centro de unión de la familia López, a pesar de ser el menor de los hermanos. Luego de la separación con mi madre te pegaste más a tu familia, que te quiere un montón. Allá fuiste un padre para mis primos y un abuelo para sus hijos.

Siempre pensé que te llamabas Carlos Dositeo, todos te conocíamos así. Pero hace unos años en tu cédula sólo decía Dositeo; me comentaste que Carlos era el nombre de pila de tu Confirmación. Aunque Dositeo no me gustaba de niño, porque nos decían "guaguas doshos", últimamente me fue gustando cuando entendí su significado: Dositeo viene de "Dios y Zeus", Zeus el dios griego padre de todos los dioses y hombres. Un nombre único, imagino que los abuelos lo encontraron en el almanaque. Todos tus amigos te decían "Dosho" o "Dosho López" de cariño.

Ventajosamente pude convivir contigo un par de semanas a finales del 2018, nunca habíamos vivido tanto tiempo juntos, sólo los dos. Fueron dos semanas estupendas. Aunque conocí poco de New York porque ya habías planeado visitas a la familia, nos conocimos mucho. Me contaste prácticamente toda tu historia de vida, hablamos hasta la madrugada, como si nos debiéramos conversaciones. A los años me sentí como niño pequeño, hace mucho que no sentía aquella seguridad que dan los padres. Fue bueno para los dos. Al despedirnos te vi llorar, estabas orgulloso de lo que soy -aunque no te llego ni a las rodillas- y sentías pena de mi partida, desde entonces sabía que ese no era un lugar para tu vejez, y pensaba cómo hacer para que regreses.

Lastimosamente, luego de varias semanas de luchar por tu vida acabas de fallecer víctima de la pandemia actual. Ya descansas en paz. Tu lucha contra el coronavirus y tu muerte me agarraron en plena crisis espiritual de la mitad de mi vida. Ahora que andaba en mis reflexiones interiores sobre mis creencias religiosas, el dolor de tu agonía y tu muerte sólo han profundizado esa crisis. No obstante, ver a la familia rezar, pedir a Dios que te salve, sin ni siquiera poner en duda sus creencias, me han hecho más humano y sencillo.

¿Dónde estás ahora? No lo sé. Quiero creer en lo que los cristianos llaman cielo. Allí donde mis maestros, Antonio Alonso y Jesús Alonso, me explicaron convencidos, o lo que he leído de los grandes teólogos como Leonardo Boff o la psiquiatra Kübler Ross: un lugar precioso sin las ataduras del espacio y del tiempo, junto con todos los que nos antecedieron; la muerte sólo sería un nuevo nacimiento. Mi cabeza cuadrada y llena de lógica le cuesta creerlo, pero mi corazón deja abierta la puerta como pura posibilidad; si así fuese, espero que alguna vez nos volvamos a encontrar. Gracias por la vida que me diste que es lo más grandioso que podemos tener, y por tu ejemplo.

De niños la única manera de comunicarnos fueron las cartas, aunque me regañabas por mi letra, aprendí a redactarlas. Tú también nos escribiste muchas cartas, que con el tiempo andaban por toda la casa. Ésta, tristemente, es mi última carta, ha sido uno de los medios que he tenido para exorcizar mi dolor, un dolor que no tiene consuelo. He llorado mientras la escribía y corregía. He pensado mucho en si debo publicarla o no, porque una carta suele ser muy personal, al escribir uno siempre abre el corazón y muestra algo de su vida lo cual puede ser peligroso. Pero también quería contar algo de tu vida que la familia pudiera leer, sobre todo mis hijos, que sepan que su "abuelo Dosho" fue una gran persona. Estés donde estés te recordaré y recordaremos siempre. ¡Descansa en paz querido papá!

Con todo mi cariño.

Tu hijo

Claudio

Ciudad de México, 30 de abril de 2020.


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